relats

Perdóname si no te digo la verdad

Mirando los árboles que había al lado de las vías del tren recordó cómo jugaba de pequeño en el bosque cerca de casa. Podía imaginar los pinos altos, con la copa redonda, y oler la humedad de musgo y primavera. Habían sido tiempos de gozo y despreocupación: mientras sus hermanos estudiaban para los exámenes de la universidad, él jugaba en solitario, fantaseando con su mundo, sus enemigos y sus amigos, orcos, elfos y enanos. Sus padres descansaban los fines de semana del trabajo rutinario y no se inmutaban cuando él salía corriendo tras comer el desayuno.

Los juegos en el bosque, sin embargo, desaparecieron cuando vibró el teléfono en el bolsillo del pantalón tejano. Le sonrió a Víctor, su hijo, que corría entre puerta y puerta del tren, feliz por pasar ese domingo con su padre e ir de excursión a la montaña. Hacía tiempo que no salían juntos. El despido de unos compañeros incrementó el volumen de trabajo, hecho que le obligó a pasar más horas e, incluso, los sábados en la oficina. Empezaron los ataques de ansiedad y solo podía descansar los domingos, sin salir de casa o paseando por el parque que estaba a dos manzanas. Cuando ya hubo organizado todo el ajetreo y pudo salvarse de trabajar un sábado, le prometió a Víctor que irían de excursión aquel mismo domingo. Incluso Gema se puso contenta cuando oyó la promesa. Se acordó de la sonrisa de Gema, de lo mal que lo había estado pasando por él, pero su cara se desvaneció al desbloquear el teléfono. Vio el correo electrónico en el salvapantallas del móvil. No quería abrirlo pero lo hizo, en un acto reflejo de su dedo pulgar. Puso la huella dactilar en la parte baja de la pantalla y se desbloqueó, abriendo directamente el email. Más trabajo. Víctor seguía corriendo. Le pedían las facturas del mes pasado para el control de los impuestos. Se asió a una barra vertical, sudando, mientras las puertas se abrían. Tenía dos días para entregarlo todo, le decía Alberto en el correo. Víctor seguía corriendo arriba y abajo. Buscó las facturas en los emails. Sonó el timbre de la puerta, avisando que se cerrarían. ¿Por qué le pedía aquello Alberto si era él quien gestionaba la contabilidad? Víctor corría veloz. ¿Dónde estaban las facturas? Se cerraron las puertas. ¿Dónde estaba Víctor?

—¡Ha salido corriendo! —dijo una mujer sentada cerca de la puerta.

El tren arrancó de nuevo. Víctor había escapado justo cuando se cerraban las puertas. Se abalanzó hacia la ventana y vio a su hijo correr en el andén, sin mirar atrás. Gritó dando golpes en el cristal mientras todos los pasajeros miraban pasmados, ora a él, ora el rastro de Víctor. ¿Cómo se le había escapado el niño? En aquel vagón se formó un tribunal, lo iban a juzgar entre estación y estación y los testimonios no tendrían compasión. Creció en su interior el fracaso paternal, una frustración glaciar pese al sudor que le caía por la frente, un cosquilleo que le recordaba a los momentos de infidelidad. Aquellos pasajeros de domingo lo miraban como si supieran la verdad, con ojos de serpiente le habían visto follar con Marta en la mesa de la oficina sábado sí y sábado también; lo delatarían, se lo dirían a Gema. Enrojeció, sintió el calor en la cara, el sudor se evaporaba y la estación y el bosque ya no se veían. Había perdido de vista a su hijo de once años.

—Gema me matará —dijo arrodillándose frente a la puerta y tapándose la cara con el teléfono en la mano—. Gema me matará. Me va a matar.

Los testimonios seguían sin decir palabra, analizaban y juzgaban. Él se sabía culpable.

—¿Cuánto queda para la siguiente estación? —le preguntó a la mujer sentada cerca de la puerta.
—No soy de aquí, no tengo ni idea —dijo ella, aún alterada.
—Tres minutos —dijo una chica que, de pie, miraba por la ventana, como si rastreara el pasado.
—Madre mía, madre mía —dijo él—. ¿Qué voy a hacer?
—Tranquilícese —dijo la chica.
—¡Cómo voy a estar tranquilo!
—¡Oye!, chillando no va a recuperar a su hijo. —La chica se parecía a Marta—. Le estoy intentando ayudar. —Tenía sus rasgos, su pelo anaranjado—. Baje a la siguiente estación y coge el tren que va para la ciudad. —Sí, eran los labios carnosos de Marta.
—Ayúdame, Marta.
—¿Pero qué coño dices? Yo no me llamo Marta.

Él la intentó acariciar aún arrodillado, como había hecho el sábado anterior, pero la chica lo abofeteó.

—¡Imbécil! —dijo ella—. ¿En qué está usted pensando?

La chica se fue y los otros pasajeros protestaron, algunos se levantaron de sus asientos, la discusión se calentaba y el juez picó con el martillo en la mesa. Nadie escuchaba, todos los presentes le gritaban. Había empezado un motín y necesitó de más golpes para calmar la situación. Golpeó y retumbaron los ecos por todo el vagón, la rabia era ya incontrolable, los gritos venían del mismísimo interior de la montaña. Ya no habría excursión con su hijo. Con el móvil ya destrozado en su mano, el silencio fue imperante, los testimonios lo observaban con las cejas en alto, arqueadas hacia el techo del tren y con los ojos como túneles sin final: el blanco era el cielo que envolvía la montaña, la pupila era la oscuridad, densa, un pozo de ansiedad y sin punto de retorno. Él entró en cada uno de aquellos ojos, en la más negra desesperación. Sintió miedo. Se sentó en el suelo, cogiéndose las rodillas con la cabeza entre ellas para introducirse en el silencio.

Pasados tres minutos, salió del tren al escuchar los sonidos de su teléfono, que no eran otros que los de la puerta. Deambuló por el andén de la estación y vio el rótulo que anunciaba el siguiente tren en dirección a la ciudad: diez minutos.

Diez minutos. Qué preciosa elasticidad tiene el tiempo cuando se mira con detenimiento el reloj. Observar el goteo de los segundos, esa pausa que suena a teclado de piano, a la cuerda de su interior que va y viene en el inicio de una canción, un movimiento frágil y parecido al tacto de la piel erizada, con pequeños montes y pelos suaves. Sesenta montes, sesenta notas lentas, el minutero parece que retroceda pero es el impulso en un trampolín que traslada la aguja con una órbita de sesenta segundos hacia el agua de la piscina, al siguiente minuto. No obstante, la estación era en aquel momento una tormenta y un naufragio en el océano y se sentía perdido entre la arena de un reloj. Los segundos habían perdido el ritmo, se fragmentó la máquina del tiempo en idas y venidas por el andén, el primer minuto destrozó el pasado, el segundo eran lamentos de futuro y el tercero no dio razones para entenderlo. No llevaba reloj, siempre utilizaba el teléfono para saber la hora, aunque al mirarlo visitaba la bandeja de entrada del correo, los mensajes de texto y al bloquear el teléfono ya no se acordaba de qué hora era.

El reloj de la estación era un ejemplo único, era de vapor, y podía ver su maquinaria dentro de los cristales y entre las cuatro torres altas de acero negro que mantenían la estructura. Cuando dieron las once en punto sonó una música de vapor, una partitura de notas tranquilas sopladas por las cuatro chimeneas. El minutero se movió dos veces más antes no vino el tren, con un retraso de dos minutos. Aún tenía el teléfono destrozado en la mano cuando entró en el tren.

El vagón era silencioso, no había testigos ni juicio, era una calle de madrugada. Se quedó de pie frente a la puerta, sin mirar por la ventana. Veía la juntura de las dos puertas, esas piezas de goma que protegen a los oídos del ruido metálico. ¿Tendrían los primeros trenes puertas parecidas? ¿Había en aquellos tiempos un sonido que anunciara que se cerraban las compuertas? ¿Se escapaban los niños de sus padres?

—¿Dónde estás, Víctor? —le dijo a la puerta, tan alejada como Gema, tan cercana como los labios de Marta.

Quiso besar la juntura de las piezas de goma pero se separaron, en silencio, como el avanzar de un velero en el lago. El sol le cegó, se cubrió los ojos con la mano y vio que tenía una llamada entrante. El teléfono aún funcionaba.

—¿Va a salir? —le dijo un hombre detrás suyo.
—¿Eh?
—Si no quiere salir, al menos deje salir a los demás. Venga, muévase.

Miró el teléfono y descolgó.

—¿Sí?—dijo él, saliendo del tren.
—Hola, cariño. —Era Gema—. ¿Habéis llegado ya? Te he dicho que me avisaras cuando llegarais arriba. ¿Cómo está Víctor?

Sin responder, puso el teléfono en el bolsillo de los tejanos. Fue al guardar el móvil cuando vio de nuevo el bosque, una marea verde que ondulaba por el susurro del viento. El bosque se movía, se acercaba, y él se introdujo por un camino estrecho, lleno de raíces y con mucho barro por el deshielo de primavera. Tocó con sus dedos las hojas y las flores que estaban a su alcance, suaves al tacto, una sensación bien diferente a la que ofrecían los teléfonos y el cimiento que lo rodeaban cada día, que habían fisurado su piel y su alma. Acariciaba unas frutas cuando se oyeron unos crujidos, venían de más adelante y avanzó despacio, sin hacer ruido, pisando barro que se fundía y abrazaba sus pies. Tras unos pasos, vislumbró una figura jugando entre los árboles, un niño que construía una cabaña entre tres árboles, cogiendo ramas grandes de pino para las paredes y el tejado y otras pequeñas para los espacios restantes. Se quiso acercar un poco más, paso a paso, ya tenía al niño muy cerca. Al llegar allí, sin embargo, se dio cuenta que el niño era él, que jugaba solo, que siempre había estado solo, pero que el bosque lo hacía feliz, que no necesitaba más que sus historias de fantasía.

El niño se giró y se miraron a los ojos. La sonrisa hizo desaparecer el bosque, la marea verde volvió a bajar y se encontró de nuevo en la estación.

Sacó el teléfono del bolsillo, lo llamaban de nuevo. Descolgó.

—Marta, veo a Víctor.

relats

La chica que saltó del puente

La chica abrió el último mensaje de su teléfono. Lo leyó por décima vez y lanzó el teléfono al vacío. Se despegó de la barandilla del puente y saltó hacia la estela de su perdición. Los latidos del aire desdibujaron su pelo recién cortado.

Frank conducía su bólido rojo por una carretera llena de baches. Le frustraba no poder ir a más velocidad. Había sido una de sus peores semanas y quería saciar la rabia con la velocidad máxima del último modelo de Ferrari que había comprado dos días antes. Al final del asfalto, como si de un cráter se tratara, esperaba la ciudad que él gobernaba. Fundida con un valle lleno de ríos secos, la ciudad había perpetrado la tranquilidad de un bosque de pinos y robles que solo conservaba unas pocas hectáreas de árboles medio muertos, entre los cuales pasaban múltiples carreteras descuidadas y sin vehículos que transitaran. Toda vida se había trasladado a la ciudad. Frank, como gobernador, tenía la certeza de que los bosques se cuidaban solos y había ignorado por completo todo lo que no estaba relacionado con su ciudad, pero se dio cuenta de su error al no poder pasar de veinte millas por hora por la carretera principal. Tenía cuarenta y ocho años y hacía treinta o más que no salía de la ciudad. Había perdido la cuenta. En su infancia, incluso, había vivido en el bosque, pero eso no le había concienciado en absoluto. Tantas desgracias en una semana fueron el motivo para que saliera al exterior en busca del aire y la libertad que ya no ofrecía la ciudad. En el bosque, sin embargo, se dio de bruces con la soledad, con una fuerte sensación de claustrofobia y con la muerte, daños irreparables que le obligarían a tomar medidas en un futuro pero que supo serían insignificantes al ver cómo su prometida saltaba al vacío desde el puente de entrada a la ciudad.

Michelle salía con el pelo recién cortado de la peluquería cuando vio el Ferrari de Frank estrellarse a toda velocidad. La nueva adquisición del gobernador. Se obligó a no escapar corriendo ante tal calamidad y se dirigió hacia el lugar de los hechos, aunque no pudo acercarse demasiado, pues un infierno se lo impedía. Olas de fuego brollaban del coche e iban a parar a una orilla de hierro y plástico fundido. Sacó su teléfono y llamó a emergencias. No se acerque al fuego, vamos en seguida, le contestaron los bomberos. Guardó el teléfono y se sintió impotente al no poder ayudar a su amante. Como responsable del gabinete de comunicación del gobierno, había mantenido una relación muy cercana a Frank, hasta el punto de acostarse con él en más de veinte ocasiones. Michelle sabía que si los descubrían sería despedida y Frank sufriría graves perjuicios políticos, por lo que llevaron su romance de manera silenciosa. Sin embargo, tres días antes, la prometida de Frank, una chica más joven que ella, quiso hacer una sorpresa a Frank y entró en la oficina en el justo momento en que él y Michelle se mecían sin ropa encima de tratados, contratos y subvenciones. La noticia se filtró, Frank se compró el Ferrari, una de esas compras que te hacen sentir mejor en tus peores momentos, y, tanto Michelle como la prometida de Frank, decidieron cortarse el pelo para empezar una nueva vida.

Minutos después de que Michelle saliera de la peluquería, llegaron los bomberos, la policía y la ambulancia al lugar del accidente. Demasiado tarde. A ella la encontraron de rodillas a medio palmo de las brasas del coche, con su nuevo peinado calcinado, la envolvieron con una manta isotérmica y la acompañaron a la ambulancia. Allí dentro, respirando tras la mascarilla el aire puro que le faltaba a la ciudad y a los bosques, Michelle tuvo el valor de enviar un mensaje de texto a Anne, la prometida de Frank.

relats

Punyal de fum

La Katie va encendre el cigarret amagant-se del John.

—Però no ho havies deixat? —va preguntar ell.
—Fins avui —va respondre ella exhalant una calada.

El John va treure un paquet de cigarrets de la butxaca interior de la jaqueta de cuir negre i en va encendre un mirant cap a ella.

—I tu? Què fas fumant? Si mai havies fumat!
—Fins avui —va dir ell, tossint després d’empassar el fum amb contundència.
—Estàs xalat. Ja no ets un crio, John. Ho fas per fer-me enfadar. Si ni tan sols saps fumar!
—I tant que en sé! —va dir ell, fent una calada de maniobra exagerada.

La Katie no es va poder amagar el somriure i va agafar el cigarret del John per llançar-lo a terra i apagar-lo.

—És la primera vegada que et veig riure en tres mesos, Katie.
—Hauries d’haver encès un cigarret més aviat, doncs.

Els dos van seguir caminant pel carrer en silenci, dirigint-se cap a l’oficina de l’advocat on esperaven els papers del divorci. Era una sensació estranya, com si el fet de separar-se fos irreversible però ara que estaven a punt de signar els papers definitius tornessin a tenir al costat la persona a la que havien estimat. L’amor que enyoraven estava allà, a escassos centímetres, acompanyant-los a un punt de no retorn.

—De veritat que ens hem de divorciar? —va dir el John.
—Ja ho hem parlat suficient, no creus?

Es va tornar a fer el silenci. La Katie no va deixar que la nostàlgia li passés una mala passada i va tallar en sec les opcions que oferia la pregunta del John. L’estimava, però li havia fet mal massa vegades i no es podia permetre mirar enrere de nou. No s’ho perdonaria. El John li havia confessat en més d’una ocasió que havia anat al llit amb altres noies i ella s’enfurismava i no li parlava durant dies. L’acabava perdonant, dient-se que l’amor era més important que capritxos puntuals, però havia perdut l’esperança de creure en això, ja no confiava en ell i sentia un dolor constant dins seu que no la deixava viure amb tranquil·litat. No va ser necessari que el John anés al llit amb una altra noia per a que ella optés pel divorci. Es va despertar un dimarts, el va veure dormint profundament i va decidir que no volia compartir més temps amb aquell home que l’havia acompanyat tants anys de la seva vida, que semblava un àngel caigut entre llençols blancs i arrugats.

—Recordes el primer estiu que vam passar junts? —va preguntar ella.
—És clar. A què ve ara parlar del primer estiu?
—Res, tonteries.
—No, digues —va exigir el John.
—No és res, de veritat.
—Si t’ha vingut al cap és perquè hi penses. Val més que ho diguis, no en trauràs res de quedar-t’ho a dins.
—D’acord, tens raó. —La Katie va fer un esforç per continuar—. John, crec no equivocar-me si dic que el primer estiu que vam passar junts va ser quan ens vam enamorar, quan els dies al poble dels teus pares, a la casa de la platja, es van convertir en un record que mai oblidarem. Quan em vas dir «t’estimo» per primer cop, abraçats en aquell turó ple de gespa alta que ens amagava de la gent, tenint el poble als nostres peus i veient la posta de sol. Quan fèiem l’amor a tot arreu, sense pensar-ho, perquè ens en moríem de ganes.
—Sí, ho recordo —va dir el John—. Van ser uns mesos magnífics. Potser els millors que hem passat junts.
—Pensava en això perquè aquell estiu també vaig estar amb un altre noi. Els dies que no estava amb tu, els passava amb ell. I no recordo si em vaig enamorar de tu, d’ell o dels dos. —El John es va aturar i se la va quedar mirant, incrèdul, però ella va continuar parlant—. Crec que per això t’he perdonat totes les infidelitats aquests set anys, perquè jo també ho vaig ser. No t’ho havia dit fins ara perquè no havia tingut el valor de fer-ho, però necessitava dir-t’ho abans de divorciar-nos, perquè no vull que tinguis cap mena de dubte quan signis els papers.

La Katie va seguir caminant i fumant, indiferent a la reacció d’ell després d’aquelles dures paraules, les quals no eren altra cosa que un punyal fals que va utilitzar per sentir-se millor, per fer del John una estela de fum del passat.

relats

Una estrella que s’apaga

Em sentia sol, en la més profunda de les solituds, però tot va canviar quan va marxar un amic.

Em repetia que no volia sortir de casa perquè plovia, quan la realitat era que el paraigües i les botes d’aigua estaven allà, a l’aguait de ser enxampats per les meves mans i els meus peus. No tenia motius per creuar aquella porta de fusta massissa, que al tancar feia remoure els ciments de la casa com la caiguda d’un arbre de cinquanta metres. La casa tremolava i jo tremolava, perquè sabia que a l’exterior hi havia totes les meves pors i les meves inseguretats. Les mans es repenjaven al marc de la porta, els pulmons s’obrien per agafar tot l’aire fresc possible, els ulls observaven la llum natural i els peus retrocedien a consciència per tornar cap al cau que m’acollia i em protegia en la foscor. Hi havia dies en que no plovia i m’atrevia a creuar la porta, però feia aquell pas per sentir el tacte de la neu i la gespa del jardí entre els dits dels meus peus, descalços i inquiets. Ells tenien la necessitat de moure’s més enllà, de sentir la fragància d’altres superfícies lluny del tacte crespat de la moqueta de dins de casa. Preferien la terra fresca i humida dels boscos, l’asfalt dels carrers de la ciutat, la sorra fina de la platja. Mentre la resta del cos reaccionava positivament al meu enclaustrament, els meus peus eren els esvalotadors que de tan en quan feien possible que els meus passos anessin més enllà del llindar de casa. La qual, des de lluny, s’engrandia com el palau que era, a diferència del que jo creia que era quan hi estava tancat: un niu d’ocell.

A vegades, havent donat aquest primer pas, els peus tocaven el carrer i començaven a caminar amb llibertat. Però per dins no em sentia lliure: les persones amb les que em creuava m’induïen al capcotisme, obligant-me mirar a terra per no veure’ls a ells, mentre culpava els meus peus per aquell mal tràngol. La gent del carrer em tenia por per motius evidents, però ignoraven que davant seu era jo qui patia, qui sentia totes les inseguretats florir arran de pell. Perquè volia ser com ells. Sempre veia algú més atractiu, sempre parlava amb algú més llest, sempre m’observaven i jo els odiava perquè em miraven per sentir-se millor. Doncs tothom està més còmode davant d’aquelles persones a les que considera inferiors i de les que se’n pot aprofitar: això ens fa quedar al seu costat, ens lliga com un ferro a un imant. Sentim la superioritat, el poder. En volem més i més i ens fem forts. Fins que l’estrangulem en la maleïda inferioritat. Maledicció de la que és molt difícil escapar. N’hi ha que no n’hi surten mai, però hi ha un petit percentatge, com els dies que els meus peus marxaven de casa, que persones que es creuen inferiors arrenquen a córrer i, valents per fi, s’escapen. Llavors es capgiren les tornes: van creixent al nostre costat, s’aprofiten de nosaltres, del nostre coneixement i de les nostres virtuts, i es revolten plens de passió, bellesa i intel·lectualitat, acabant així la nostra superioritat, ja que coneix els nostres defectes i els fa esclatar com la desaparició d’una estrella. Perquè les estrelles fan supernova i tanmateix nosaltres. No hi ha res per sempre.

De tres a quatre dies a la setmana donava aquest pas important i m’allunyava de casa. M’havia de moure del parasitisme perquè necessitava pagar-me la manutenció: els costos d’estar tancat a casa. Jo no havia de pagar lloguer ni hipoteca per la casa, doncs ja l’havien pagat els meus pares, així que invertia els diners en menjar, electricitat, gas i aigua. Els meus pares, malauradament, ja no vivien a casa. Feia més de deu anys que havien marxat amb el cotxe de vacances i encara no havien tornat. Havien contractat a un noi per fer-me de cangur però, quan van passar els quinze dies de contracte, va marxar sense imaginar que els dos adults que li havien encarregat de cuidar el seu fill mai més tornarien a la casa. Veient que els pares no tornaven, vaig avisar als meus germans i em van acollir per una temporada, fins que van decidir que havia d’anar a un internat. Temps després, quan ja vaig ser adult, vaig tornar a casa per no haver de pagar lloguer, tot i els records que impregnaven els racons.

Abans d’haver-ne marxat, la casa em transmetia una sensació de gegantisme. Quan tenim edat per no valorar el sabor del vi o per no entendre els programes polítics, tot ens sembla més gran i nosaltres ens sentim minúsculs davant el món. Quan tenia aquella edat, recorria el bosc del costat de casa i el percebia com un laberint infinit, ple d’amagatalls i secrets, amb arbres de centenars de metres d’altura que m’amagaven d’animals que passejaven. En tornar-hi deu anys després de la desaparició dels pares, vaig veure la casa diminuta com un niu d’ocell i així mateix el bosc. Però no vaig dubtar en quedar-m’hi de nou. Ens agrada la comoditat. Durant els primers dies, quan encara no m’havia absorbit la sensació de solitud, vaig decidir endinsar-me al bosc on jugava de petit, per recordar aquells racons d’imaginació, per poder trobar les cabanyes que havia construït amb els meus germans, per gaudir de l’aire fresc que ofereix la naturalesa. Però no vaig trobar res d’això. Aquell laberint s’havia convertit en un reducte de pins, alzines i roures que no passaven dels deu metres, amb un terra ple de fulles marrons i aspres, un aire mancat de frescor i cabanyes, tot derruït i abandonat. Aquell bosc gegantí, que m’abraçava de petit i em regalava confort, va perdre majestuositat i jo me’l mirava des de dalt, com un reducte minúscul i buit de secrets, sense olor a hivern ni a bolets de tardor, perquè tots ells, secrets i bolets, havien estat arrancats pel pas del temps.

El pas pel bosc va ser fugaç: vaig entendre que la naturalesa que m’havia vist créixer no em podia donar res més, que retornar al passat era impossible. La decisió de no entrar més al bosc em va limitar a la casa i a la ciutat, dos espais claustrofòbics. Va ser llavors, sense la llibertat del bosc, quan em vaig sentir observat pels demés, pensant en què pensaven de mi, sense saber que ells pensaven en què pensava jo. Si vius en una ciutat de milions d’habitants, això es pot convertir en una tortura, doncs la solitud s’agreuja i no té remei. Creia que tothom m’observava, que els arbres em qüestionaven, que els gossos m’analitzaven i m’oloraven, que els nens em miraven amb ulls elèctrics i incomprensibles, temorosos de convertir-se en un futur en algú com jo. Allà no era feliç, però la comoditat ens fa quedar on menys volem estar. Vaig trobar una feina estable a dos carrers de casa, d’oficina, gens exigent i que em permetia no haver d’estar en contacte amb gaire gent. Estem fets per treballar de manera individual, i per molt que alguns s’escarrassin a dir que el treball en equip és fonamental, al final sempre n’hi ha un que treballa més, un que sobresurt per damunt dels altres, un que lidera l’equip. Un, un, un. Individualisme.

Jo estava fart de tot, de la gent i de la ciutat, de la política i del bosc, de la família i dels amics, i em vaig demanar festa a la feina per tancar-me a casa durant dues setmanes. Vaig donar de baixa el telèfon, vaig desconnectar l’ordinador i el timbre de casa, les persianes es van quedar abaixades tots els dies i em vaig il·luminar amb espelmes que havia comprat al costat de casa. Vaig dir als companys de feina que marxaria lluny, que estaria incomunicat perquè al monestir budista al que anava la connexió a internet estava prohibida. La teràpia de meditació, no obstant, va ser igual o millor a la que hagués fet en un monestir budista. Vaig repetir la rutina cada dia: em despertava quan el meu cos ja no podia dormir més, escrivia el somni que acabava de viure, esmorzava una truita de dos ous i dues torrades, llegia els llibres que els meus pares havien abandonat a la biblioteca fins que tornava a tenir gana, menjava arròs i pollastre per dinar, llegia de nou fins que l’estómac ressonava, sopava patata bullida amb mongeta tendra i escoltava música fins que m’adormia, cada dia el mateix àlbum perquè s’acabés després de dues hores de reproducció, quan ja estava somiant. Em vaig obligar a aquesta rutina per fer-me veure que la meva feina no era rutinària, que hi havia moments més rutinaris en la vida, però em vaig equivocar de context: quan la rutina està instal·lada en el que ens agrada agraïm que res canviï, ens reconforta i ens aporta felicitat, mentre que ens queixem de la rutina quan fem allò que no ens interessa. Llegir hores i hores durant quinze dies, sense distraccions, va ser com estar fent un viatge a l’espai, passant per les set meravelles del món i de l’antiguitat, tocant la lluna de l’Apol·lo 11, desenterrant la mòmia de Tutankamon, conèixer els Estats Units per carretera, gaudir dels carrers i la música de l’Habana… Va ser com recordar l’olor del perfum i la pell suau d’un amor que incomprensiblement va marxar un dia inesperat per raons que ignorava. Quinze dies d’èxtasi espiritual i intel·lectual, d’anhels trobats i felicitat suprema, que van ser les millors dues setmanes de la meva vida.

De la vida que duia, perquè després d’aquests quinze dies, no obstant, ja no vaig ser el mateix. Quan has viscut la felicitat, la resta ens sembla misèria i cendra, els dies se’ns fan llargs i pesats, la gent t’és indiferent i la deixes d’estimar. Perds la noció de l’amor i el sentit de la vida i entres en un camí dolorós que et dirigeix cap a la solitud, sense preàmbuls, sense alternatives, sense final. Així doncs, vaig anar recorrent aquest espai que em duia de la felicitat a la desgràcia i em vaig endinsar en un món pervers que estava tancat dins meu. El camí va estar carregat d’al·lucinacions, les quals eren els escrits dels meus somnis.

 

Dia 8, somni setè:

Avui he somiat amb la mare. La veia a ella, clara i pura, reflectida en un llac turquesa. Les seves faccions seguien igual de joves i el cabell estava recargolat com un espiral de foc que encenia les muntanyes. Cremava ella i cremaven els arbres del bosc, al costat de casa, i jo començava a córrer per distanciar-me d’ella i protegir els pins, demanant ajuda amb crits que no sortien de la meva boca sinó del meu cor, silenciosos com explosions a l’espai. Però no arribava mai, veia els arbres cada cop més distant, i era la mare qui s’apropava amb passos tranquils i m’abraçava, mentre jo plorava. I els meus ulls em miraven a mi, un noi de tretze anys plorant entre els braços de la mare. Mirava el passat i el volia recuperar, l’intentava tocar i em despertava.

 

Les hores en que no estava a l’oficina les passava tancat a casa, intentant reproduir aquells dies de vacances. Però era impossible. No em concentrava per llegir i els somnis no arribaven mai. Un dia vaig mirar per la finestra de l’habitació i vaig veure cremar els arbres gegants i daurats que recordava de petit. Vaig voler trucar als bombers però no havia donat d’alta el telèfon, i quan vaig sortir al carrer per avisar als veïns, descalç i sentint la gespa sota els meus peus, el foc havia desaparegut, els arbres tornaven a ser marrons i minúsculs i jo em veia com un gegant tancat en una cova, situada en les profunditats del meu interior, en el silenci de l’espai.

La situació era insostenible i claustrofòbica, però estar tancat a casa era l’única solució que veia al problema. La vida és inexplicable, em deia. Els dies venen i se’n van, igual que les persones i allò que sentim per elles. Ahir tenia un projecte en ment i a l’endemà penso que no serveix per res, que ja està tot inventat. O al contrari, avui penso que no tindré futur en res, que acabaré treballant en la mateixa oficina fins que em jubili, i segur que a l’endemà tindré una idea revolucionària. La qual se n’anirà en orris al cap de dos o tres dies. N’hi haurà que diran que la vida és senzilla i plena d’oportunitats, cantaran paraules que sonaran a demagògia, que ni tan sols ells es creuen, i somriuran davant la incongruència de la vida. No hi ha hagut cap dia en que no he pensat diferent que el dia anterior. La meva pregunta a tot això és què ho provoca, quin és el motiu d’aquests canvis multidireccionals del meu esperit? I dic motiu en singular per referir-me a una causa concreta, a una divinitat en la que creure, a un poder no sensorial del més enllà… Havent passat uns anys i tenint ja una resposta, segueixo pensant que la vida és inexplicable, doncs l’ésser humà viu constantment en situacions insostenibles i claustrofòbiques de les que no en pot sortir, dintre de les quals es fa fort i creix i sobreviu. Com els mals d’esquena, que mai desapareixen i ens acostumem a ells.

Durant aquella temporada d’al·lucinacions, amb poca freqüència, m’escapava dels mals i quedava amb amics per prendre cerveses o per sopar, per anar a jugar al pòquer o a videojocs. Hi havia uns dies a l’any en què dinava o sopava amb els meus germans, dies programats en què veia els nebots i ens explicàvem la vida. Era el temps compartit qui em reafirmava que jo vivia en solitud, que tot i estar rodejat de persones que estimava estava sol i perdut en un món paral·lel, del que em costaria molt sortir. La meva solitud anava més enllà de tenir o no tenir amics, de tenir a prop o lluny a la família, d’estar solter o en parella. Fins i tot els corbs que sentia grallar des de casa estaven menys sols que jo. Tot venia de quan era petit: mentre els amics de l’escola jugaven al carrer i a les places i els meus germans ja anaven a la universitat, m’introduïa solitari al bosc, imaginant històries d’elfs, arbres mitològics i secrets ancestrals, creixent en una realitat personal desenfocada de la resta.

Quan els meus pares van desaparèixer es van acabar les històries del bosc i van començar les històries d’amor. L’amor em va arrencar de la solitud fins al punt que la trobava a faltar. Em va ensenyar, no obstant, a compartir el temps, a entendre que estimar és més important que estimar-te, que la vida et porta a nous boscos, frescos i florits, plens de llacs turquesa, i que, acompanyat, les dificultats són més fàcils de superar. Però l’amor no està exempt de supernova i la solitud retorna i t’abraça. Has caminat i caminat sense mirar, confiat per la mà que et sostenia, i t’estavelles quan no tens on repenjar-te. I en els nous passos la solitud t’impedeix creure en l’amor, el veus fred i distant, un impossible al que no tornaràs a veure ni a sentir. Però la frustració t’ajuda a conèixer el teu esperit, a tu mateix.

Em sentia sol, en la més profunda de les solituds, però tot va canviar quan va marxar un amic.

Em repetia que no volia sortir de casa perquè plovia, quan la realitat era que el paraigües i les botes d’aigua estaven allà, a l’aguait de ser enxampats per les meves mans i els meus peus. No tenia motius per creuar aquella porta de fusta massissa, que al tancar feia remoure els ciments de la casa com la caiguda d’un arbre de cinquanta metres. La casa tremolava i jo tremolava, perquè sabia que a l’exterior era on hi havia totes les meves pors i les meves inseguretats. Les mans es van repenjar al marc de la porta, els pulmons es van obrir per agafar tot l’aire fresc possible, els ulls van observar la llum natural i els meus peus van avançar, finalment, incontrolables i lliures. Em vaig cobrir de la pluja i vaig anar a veure a un amic que havia marxat per sempre; una estrella que va caure massa aviat, amb una estela vacil·lant. Aquella supernova em va fer entendre que la mort és la més terrible de les solituds, que ens aferrem a nosaltres i no comprenem el que ens envolta fins que ho perdem.

 

Dia 14, somni tretzè:

El somni ha començat en la completa foscor i amb el so de la pluja. Sentia com l’aigua ho emmudia tot, com el meu cos nu notava el tacte de les gotes rebotar i relliscar per la meva pell. Una força impossible em frenava al caminar. Vaig tancar els ulls i la foscor va desaparèixer. El meu cos jeia a la vora d’un llac turquesa, que reflectia les muntanyes del voltant entre ombres, onades i el degoteig de la pluja. Estava estirat a terra observant el fons de l’aigua, buscant un rastre, una evidència d’allò que volia trobar i saber. La corrent de l’aigua em va mostrar arbres mitològics, una ciutat perduda, un niu d’ocell… i, finalment, allò que tant havia volgut veure: dos cossos inerts, un home i una dona. Ens vam mirar amb els ulls tancats i vaig veure el somriure dels meus pares, la complicitat, la felicitat d’haver mort plegats. A la pluja es va sumar el meu plor i vaig endinsar la mà a l’aigua per treure els cossos i abraçar-los, però van seguir fluint amb el corrent. 

Quan vaig alçar la mirada vaig veure l’Àngel entrant al bosc del costat de casa. Els arbres gegants i daurats van començar a cremar, però jo no em vaig poder moure. No el vaig poder advertir ni salvar. Les flames es van fer eternes i es van escampar per les muntanyes que em rodejaven. Vaig mirar el cel i, tot i la claror del foc, vaig veure les estrelles brillar. Excepte una, que, solitària, es va anar apagant. L’observava desaparèixer, la veia morir bategant, adormint-me sobre la gespa, entre el so de la pluja i la foscor, tancant uns ulls i obrint-ne uns altres.