El mundo que conocía estaba a punto de desaparecer. La oscuridad eterna, su confidente lazarillo, los puntos que sobresalen en las páginas, en los ascensores, en las placas de los museos. El ruido de las palabras era interpretado como costumbres y vicios, el siseo de la lengua en verdad o mentira, los chasquidos en conformidad o disgusto, todos los sonidos y olores tomarían forma y cuerpo, sabía cuál era el color de los ojos de Martina, pero no podía imaginar el marrón. Roger solo concebía el negro y en él se sumió tras las palabras de la doctora.
—Que tengas un buen viaje, Roger, nos vemos en el paraíso.
Lo drogaron. Soñó. Para él siempre era de noche, pero todo se volvió nítido, soñaba formas geométricas que se entrelazaban entre sí, triángulos que se multiplicaban en tonalidades de grises como si de una flecha infinita se tratara, que flotaba y se repetía hasta el espacio exterior. Todo el sueño indicaba una salida, el final del camino, ¿debía dirigirse hacia allí? Empezó a andar, se miró los pies y supo que eran los suyos porque los había palpado desde que tenía uso de razón: ya que no podía conocer aquello que no veía se dijo que su cuerpo no le pasaría desapercibido y así se reconocería al despertar. Durante el sueño se miraba los pies, los dedos coreografiando el camino desde las articulaciones, el vello deslizándose por el empeine. Un baile imposible.
Una de las flechas cambió de dirección y apuntó hacia su cabeza, apretándole la sien con mucha fuerza, Roger no podría soportar el dolor mucho tiempo y empezó a chillar, para ahogarse, para no oír el taladro, para desconcertar al enemigo. Brotó sangre gris, negra poco después. La oscuridad lo engulló.
Dos meses y medio después de la operación, Roger se despertó. Le quitaron la gasa que le cubría los ojos. Los abrió, lentamente, atemorizado de lo que estaba a punto de ver y conocer. Un tejido de extraños se formó frente suyo, personas irreconocibles a menos que hablaran. Nunca habría imaginado que el blanco de las sábanas fuera tan puro, que sus manos fueran simétricas, que Martina fuera tan bella, de ojos marrones y cabello ondulado, un bosque lleno de cedros. ¿Cómo sabía todo eso? Cerró los ojos de nuevo. El mundo conocido había desaparecido.
¿Qué soñarán los ciegos?, se preguntó Martina.
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