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Cuerpo celeste

Era de noche, la chica del pelo azul estaba sentada en la hierba, despierta, observando la niebla que se acercaba silenciosa por el lago. No era una niebla común, era oscura, años atrás hubiese pensado que una horda de cuervos se acercaba a toda velocidad para engullir la ciudad, pero ya no, la imaginación no estaba permitida cuando se acercaba el fin del mundo. Descorchó la botella de champán y empezó a beber. Asidua, era un recurso fácil cuando nada funcionaba como esperaba. Brillo en los ojos como lágrimas de ardor. La niebla se paró frente a ella, formando un muro infinito, una barrera invisible separaba los dos cuerpos: uno humano, otro celeste.

—Bésame, dijo ella.

Un tentáculo de finas partículas se deslizó entre la barrera invisible y acarició los labios de champán, suave, amante. Ella se trasladó al pasado, a la música del bosque y a un poema que sonaba a olvidado. La habían besado así en alguna parte.

—¿Recuerdas las hojas de cristal?, dijo la niebla.

Ella se miró los brazos y vio los cortes cicatrizados, recuerdos memorables de un yo enterrado. Finas líneas en el cuerpo, azules, brillaban como auroras boreales para un explorador principiante, que asombrado no deja de mirar y cae al hielo, al lago. La chica del pelo azul entró en la niebla y se hundió en el lago, como una pluma de cuervo lucha por no llegar al suelo, observando los dominios de la oscuridad, tan perfectos, tan risueños.

—¿Por qué mirar hacia el cielo si tu castillo está en mi mundo?

Se abrazó a la niebla, las cicatrices se abrieron como un mar antiguo y se dibujó una ciudad azul en la profundidad del lago, bajo una luna que ya era más grande que el centro de la tierra, tan cerca, el eterno descanso.


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