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Una pandemia que destruyó la vida pero salvó al planeta

Corría el año 2020 de su era cuando el mundo en el que vivimos sufrió una pandemia que provocó la muerte del sistema. Capitalista, se llamaba por entonces. El sistema actual, el Nueva-Brecha, aprovechó la caótica y desesperada situación para erradicar la pobreza, el clasismo y la contaminación, principales virus del anterior sistema, que nos conducían irremediablemente hacia la destrucción del planeta.

“Suerte tuvimos del coronavirus”, cantan ahora los mesías.

Quedan pocos vestigios del pasado, dependemos de los libros escritos e impresos en papel que nos explican de dónde venimos, quiénes somos. Por suerte hubo quien se esforzó en mantener las tradiciones antiguas vivas para que el olvido no atenazara el cuello de los que quedaron y de los que vinimos después. Hay restos arquitectónicos, sin embargo, que nunca perecieron, que siguen vigentes entre nosotros y nos demuestran el poder que tenía el ser humano por aquel entonces, una muestra del valor histórico del conocimiento, que les permitía construir edificios quilométricamente altos, ahora cubiertos de verde, bosque y helecho que saluda por las ventanas. El planeta cobró el precio de ser destrozado sistemáticamente durante siglos, sobre todo en los últimos doscientos años. En todas las zonas donde el ser humano había interferido con máquinas, electricidad, polución o simples cabañas, el planeta emitió energía de su interior y arrolló con fuerza para no devolver nada con vida.

Las calles de las ciudades quedaron vacías, el asfalto se quebró y nacieron ríos. Toda fabricación artificial dio lugar a nuevos prados, laderas, arrecifes, árboles o animales, para que creciera un mundo renovado de una nueva brecha que se iba abriendo en el subsuelo del planeta, que agonizaba, que emitía sus llantos sin que lo escucharan, reclamando paz y un trato de igualdad. Pero el orgullo y la arrogancia de los humanos nunca lo habría permitido, jamás serían inferiores a nada ni a nadie. O eso creían.

Se creían tan superiores a todo, se creían tan jodidamente invencibles, que una pandemia con sabor a rana, fiebre y tos seca arrebató su orgullo y los masacró entre dos y cinco meses. Intentaron prevenir, pero toda medida que tomaban era contraproducente y provocaba aún más contagiados. No había cura, no había solución: el planeta estaba contraatacando.

Murieron todos.

Nosotros nacimos de la brecha, fuimos colonizadores, como dirían ellos. Aparecimos en “sus” calles, nos apoderamos de “su” mundo, sin necesidad de guerras pues ellos ya no estaban y el enemigo no existía. Enemigo, una palabra que nos aseguramos de aprender deprisa y en no olvidar, pues había sido siempre para ellos motivo de destrucción, odio y dolor.

Ahora el mundo es verde, un paraíso, como dirían ellos. Somos pocos pero estamos creciendo, algún día conseguiremos visitar aquellos rincones que ellos ansiaron pero que nunca alcanzaron: utopías, leyendas, mitos y anhelos. Vivieron creyendo que la Atlántida era un mito, pero desconocían que estábamos esperando su desaparición para salir del océano, corregir el rumbo del planeta, para salvarlo, único en su especie.

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Soñar en blanco

El mundo que conocía estaba a punto de desaparecer. La oscuridad eterna, su confidente lazarillo, los puntos que sobresalen en las páginas, en los ascensores, en las placas de los museos. El ruido de las palabras era interpretado como costumbres y vicios, el siseo de la lengua en verdad o mentira, los chasquidos en conformidad o disgusto, todos los sonidos y olores tomarían forma y cuerpo, sabía cuál era el color de los ojos de Martina, pero no podía imaginar el marrón. Roger solo concebía el negro y en él se sumió tras las palabras de la doctora.

—Que tengas un buen viaje, Roger, nos vemos en el paraíso.

Lo drogaron. Soñó. Para él siempre era de noche, pero todo se volvió nítido, soñaba formas geométricas que se entrelazaban entre sí, triángulos que se multiplicaban en tonalidades de grises como si de una flecha infinita se tratara, que flotaba y se repetía hasta el espacio exterior. Todo el sueño indicaba una salida, el final del camino, ¿debía dirigirse hacia allí? Empezó a andar, se miró los pies y supo que eran los suyos porque los había palpado desde que tenía uso de razón: ya que no podía conocer aquello que no veía se dijo que su cuerpo no le pasaría desapercibido y así se reconocería al despertar. Durante el sueño se miraba los pies, los dedos coreografiando el camino desde las articulaciones, el vello deslizándose por el empeine. Un baile imposible.

Una de las flechas cambió de dirección y apuntó hacia su cabeza, apretándole la sien con mucha fuerza, Roger no podría soportar el dolor mucho tiempo y empezó a chillar, para ahogarse, para no oír el taladro, para desconcertar al enemigo. Brotó sangre gris, negra poco después. La oscuridad lo engulló.

Dos meses y medio después de la operación, Roger se despertó. Le quitaron la gasa que le cubría los ojos. Los abrió, lentamente, atemorizado de lo que estaba a punto de ver y conocer. Un tejido de extraños se formó frente suyo, personas irreconocibles a menos que hablaran. Nunca habría imaginado que el blanco de las sábanas fuera tan puro, que sus manos fueran simétricas, que Martina fuera tan bella, de ojos marrones y cabello ondulado, un bosque lleno de cedros. ¿Cómo sabía todo eso? Cerró los ojos de nuevo. El mundo conocido había desaparecido.

¿Qué soñarán los ciegos?, se preguntó Martina.

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Cuerpo celeste

Era de noche, la chica del pelo azul estaba sentada en la hierba, despierta, observando la niebla que se acercaba silenciosa por el lago. No era una niebla común, era oscura, años atrás hubiese pensado que una horda de cuervos se acercaba a toda velocidad para engullir la ciudad, pero ya no, la imaginación no estaba permitida cuando se acercaba el fin del mundo. Descorchó la botella de champán y empezó a beber. Asidua, era un recurso fácil cuando nada funcionaba como esperaba. Brillo en los ojos como lágrimas de ardor. La niebla se paró frente a ella, formando un muro infinito, una barrera invisible separaba los dos cuerpos: uno humano, otro celeste.

—Bésame, dijo ella.

Un tentáculo de finas partículas se deslizó entre la barrera invisible y acarició los labios de champán, suave, amante. Ella se trasladó al pasado, a la música del bosque y a un poema que sonaba a olvidado. La habían besado así en alguna parte.

—¿Recuerdas las hojas de cristal?, dijo la niebla.

Ella se miró los brazos y vio los cortes cicatrizados, recuerdos memorables de un yo enterrado. Finas líneas en el cuerpo, azules, brillaban como auroras boreales para un explorador principiante, que asombrado no deja de mirar y cae al hielo, al lago. La chica del pelo azul entró en la niebla y se hundió en el lago, como una pluma de cuervo lucha por no llegar al suelo, observando los dominios de la oscuridad, tan perfectos, tan risueños.

—¿Por qué mirar hacia el cielo si tu castillo está en mi mundo?

Se abrazó a la niebla, las cicatrices se abrieron como un mar antiguo y se dibujó una ciudad azul en la profundidad del lago, bajo una luna que ya era más grande que el centro de la tierra, tan cerca, el eterno descanso.