Aión descubrió en sus múltiples viajes que él no estaba hecho por el amor, pues allí donde iba creyendo encontrar el amor, no encontraba más que desazón. Escuchaba historias de amigos y familiares, historias que hablaban de amor, algunas eran efímeras, otras duraban años, pocas para siempre, pero todos ellos estaban anclados en una rueda viciosa y peligrosa que no hacía más que recordarte las verdades del mundo. Aión, en cambio, no se enamoraba. Sus historias eran pasajeras, demasiado, se decía, e incluso aquellas que duraban más de un día, pues esa era la media, no le aportaban nada de diferente. Empezó un viaje de tres años para visitar países de todo el mundo con la finalidad de estudiarse, para encontrar un sentimiento fuera de lo común, en tanto en cuanto había sentido hasta ese momento, para llegar a una conclusión, a la que fuera, y saber al fin si era un problema suyo o de la sociedad en la que vivía.
Empezó el viaje con dieciocho años. Aión habló con su madre y le explicó el motivo de su marcha: quería visitar otros países para conocer gente de culturas diferentes, descubrir su interior y volver a casa con la tranquilidad de saber cuál era su camino en la rueda del amor, si podría entrar en ella o quedaría fuera para siempre. No sabía cuánto tiempo duraría este viaje, pero sentía en su interior la necesidad vital de hacerlo, que si no lo hacía no podría vivir más en su casa ni en el pueblo, pues allí no tendría motivos para ser feliz. Su madre, Anne, pelo castaño y sonrisa eterna, lo miró con ojos de madre y lo entendió todo, decidiendo que ella no podía decidir por él.
—Viaja, Aión—dijo ella—. Si esto es lo que deseas, adelante, siempre tendrás mi apoyo.
Aión la abrazó largo y tendido, durante dos minutos que fueron como años de recuerdo. Hacía tiempo que no me abrazaba así, pensó Anne, y lloró al pensar que estaba siendo una buena madre, lo cual se cuestionaba constantemente desde que falleciera Rina, la otra madre de Aión, cinco años atrás. No quería hablar de aquello con nadie, pero intentaba educar a su hijo de la mejor forma posible, sin pedir ayuda, introduciéndolo a unos valores éticos y culturales que ella creía importantes para su futuro. Que Aión le dijera que quería marchar de casa para viajar podría significar que lo estaba haciendo mal, que algo había hecho mal, pero fue un alivio escuchar de la voz de su hijo que necesitaba encontrar la solución a sus problemas en su interior, viajando, conociendo a gente. Lo que ella ignoraba era que no volvería a ver a su hijo nunca más.
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