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La chica que saltó del puente

La chica abrió el último mensaje de su teléfono. Lo leyó por décima vez y lanzó el teléfono al vacío. Se despegó de la barandilla del puente y saltó hacia la estela de su perdición. Los latidos del aire desdibujaron su pelo recién cortado.

Frank conducía su bólido rojo por una carretera llena de baches. Le frustraba no poder ir a más velocidad. Había sido una de sus peores semanas y quería saciar la rabia con la velocidad máxima del último modelo de Ferrari que había comprado dos días antes. Al final del asfalto, como si de un cráter se tratara, esperaba la ciudad que él gobernaba. Fundida con un valle lleno de ríos secos, la ciudad había perpetrado la tranquilidad de un bosque de pinos y robles que solo conservaba unas pocas hectáreas de árboles medio muertos, entre los cuales pasaban múltiples carreteras descuidadas y sin vehículos que transitaran. Toda vida se había trasladado a la ciudad. Frank, como gobernador, tenía la certeza de que los bosques se cuidaban solos y había ignorado por completo todo lo que no estaba relacionado con su ciudad, pero se dio cuenta de su error al no poder pasar de veinte millas por hora por la carretera principal. Tenía cuarenta y ocho años y hacía treinta o más que no salía de la ciudad. Había perdido la cuenta. En su infancia, incluso, había vivido en el bosque, pero eso no le había concienciado en absoluto. Tantas desgracias en una semana fueron el motivo para que saliera al exterior en busca del aire y la libertad que ya no ofrecía la ciudad. En el bosque, sin embargo, se dio de bruces con la soledad, con una fuerte sensación de claustrofobia y con la muerte, daños irreparables que le obligarían a tomar medidas en un futuro pero que supo serían insignificantes al ver cómo su prometida saltaba al vacío desde el puente de entrada a la ciudad.

Michelle salía con el pelo recién cortado de la peluquería cuando vio el Ferrari de Frank estrellarse a toda velocidad. La nueva adquisición del gobernador. Se obligó a no escapar corriendo ante tal calamidad y se dirigió hacia el lugar de los hechos, aunque no pudo acercarse demasiado, pues un infierno se lo impedía. Olas de fuego brollaban del coche e iban a parar a una orilla de hierro y plástico fundido. Sacó su teléfono y llamó a emergencias. No se acerque al fuego, vamos en seguida, le contestaron los bomberos. Guardó el teléfono y se sintió impotente al no poder ayudar a su amante. Como responsable del gabinete de comunicación del gobierno, había mantenido una relación muy cercana a Frank, hasta el punto de acostarse con él en más de veinte ocasiones. Michelle sabía que si los descubrían sería despedida y Frank sufriría graves perjuicios políticos, por lo que llevaron su romance de manera silenciosa. Sin embargo, tres días antes, la prometida de Frank, una chica más joven que ella, quiso hacer una sorpresa a Frank y entró en la oficina en el justo momento en que él y Michelle se mecían sin ropa encima de tratados, contratos y subvenciones. La noticia se filtró, Frank se compró el Ferrari, una de esas compras que te hacen sentir mejor en tus peores momentos, y, tanto Michelle como la prometida de Frank, decidieron cortarse el pelo para empezar una nueva vida.

Minutos después de que Michelle saliera de la peluquería, llegaron los bomberos, la policía y la ambulancia al lugar del accidente. Demasiado tarde. A ella la encontraron de rodillas a medio palmo de las brasas del coche, con su nuevo peinado calcinado, la envolvieron con una manta isotérmica y la acompañaron a la ambulancia. Allí dentro, respirando tras la mascarilla el aire puro que le faltaba a la ciudad y a los bosques, Michelle tuvo el valor de enviar un mensaje de texto a Anne, la prometida de Frank.


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